La crónica | España hunde a Francia y volverá a la final de la Copa del Mundo

(Fuente: FIFA)

🟨 La selección española volvió a demostrar su pegada y se impuso a Francia gracias a los goles de Mikel Oyarzabal y Pedro Porro, dos tantos que permitieron a la Roja firmar una nueva victoria ante el combinado galo.

España sabía que aquella noche no iba a ser una noche cualquiera. Sabía que delante tenía a Francia, una selección construida para las grandes ocasiones, un equipo repleto de talento, velocidad y poder ofensivo que había llegado hasta las semifinales del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá con la intención de demostrar que nadie estaba preparado para detenerla. Sabía que aquel partido era una final antes de la final, una de esas noches en las que el fútbol coloca frente a frente a dos gigantes y obliga a uno de ellos a abandonar el camino cuando todavía queda la última batalla por disputar. España había llegado hasta allí después de superar a Portugal y Bélgica, después de sufrir, de resistir y de encontrar en Mikel Merino a su héroe en los últimos instantes. Francia, mientras tanto, aparecía como una de las grandes favoritas al título, con una ofensiva capaz de cambiar un partido en cuestión de segundos y con una delantera liderada por Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé y Michael Olise que amenazaba con convertir cualquier error en una ocasión de gol. Pero esta España ya había demostrado que no tenía miedo. La Roja sabía que para alcanzar la final tendría que recuperar la versión que dos años antes la había llevado a conquistar la Eurocopa. Tendría que volver a ser aquella selección capaz de dominar el balón, de moverlo con una velocidad endiablada, de presionar tras pérdida y de convertir el fútbol en una herramienta para someter al rival. Y lo consiguió. Luis de la Fuente y sus futbolistas encontraron la frecuencia exacta en la que mejor se mueve esta generación y, cuando España consigue sintonizarla, incluso los gigantes parecen pequeños. Mikel Oyarzabal golpeó primero desde los once metros. Pedro Porro asestó después el segundo golpe. Unai Simón cerró la puerta. Y España, con una actuación de enorme madurez y personalidad, derrotó por 0-2 a Francia para convertirse en finalista del Mundial 2026.

El comienzo del encuentro reflejó perfectamente la magnitud de lo que estaba en juego. Los nervios aparecieron en los dos equipos y durante los primeros minutos se pudo comprobar que ninguna de las dos selecciones estaba dispuesta a regalar absolutamente nada. Francia cometía algunas imprecisiones en los envíos largos, mientras España encontraba dificultades para superar la primera presión y algunas de sus salidas de balón terminaban encallándose antes de alcanzar la zona de creación. Sin embargo, ni Luis de la Fuente ni el equipo español estaban dispuestos a renunciar a su identidad. La Roja quería el balón porque sabía que esa era su mejor manera de defenderse y también su mejor arma para atacar. Francia, por su parte, intentaba aprovechar la velocidad de sus hombres de arriba y presionaba cada pérdida española buscando generar situaciones de transición. Mbappé, Olise y Dembélé se movían constantemente, tratando de encontrar algún espacio a la espalda de la defensa, pero la línea defensiva española no cedía terreno. Cada intento francés encontraba una respuesta. Cada movimiento era vigilado. España sabía que la amenaza de Francia era enorme, pero también sabía que la mejor manera de combatirla era obligarla a defender.

Poco a poco, los futbolistas españoles fueron dejando atrás los nervios iniciales y comenzaron a jugar a lo que mejor saben. Rodri empezó a encontrar espacios para recibir, Fabián Ruiz se ofreció constantemente para dar continuidad a las posesiones y Dani Olmo comenzó a aparecer entre líneas. En las bandas, Lamine Yamal y Alex Baena empezaron a fijar a los defensores franceses y a generar superioridades. España había conseguido algo fundamental: que el partido se jugara al ritmo que quería. Francia seguía teniendo jugadores capaces de hacer daño en cualquier momento, pero cada vez tenía menos oportunidades para correr. La selección española comenzaba a instalarse en campo contrario y a convertir la posesión en dominio territorial. El encuentro seguía siendo extremadamente equilibrado, pero la sensación era que la Roja comenzaba a ganar metros y que el primer error podía terminar siendo decisivo.

Ese error llegó en el minuto 22. España había conseguido adueñarse del balón y empezaba a acercarse con peligro a las inmediaciones del área francesa. Una acción aparentemente controlada terminó convirtiéndose en la jugada que cambió el destino de la semifinal. Lucas Digne recibió un balón alto y trató de despejarlo, pero Lamine Yamal apareció con la velocidad y la determinación que le caracterizan para impedirlo. El joven extremo español consiguió anticiparse y robar la pelota, pero la acción defensiva del lateral francés no terminó ahí. La pierna de Digne terminó golpeando a Lamine dentro del área y el árbitro no tuvo ninguna duda. Penalti para España. Francia protestó, pero la revisión del VAR confirmó la decisión del colegiado. La Roja tenía ante sí una oportunidad de oro para adelantarse en una semifinal mundialista y el encargado de asumir la responsabilidad no podía ser otro que Mikel Oyarzabal.

El delantero español había liderado el ataque de la selección durante todo el torneo y había demostrado una enorme personalidad en los momentos decisivos. Esta vez volvió a hacerlo. Oyarzabal colocó el balón, respiró, esperó la señal del árbitro y se enfrentó a la presión de saber que un lanzamiento desde los once metros podía cambiar una semifinal del Mundial. Frente a él estaba Mike Maignan, uno de los mejores guardametas del mundo, preparado para intentar mantener a Francia con vida. Pero Oyarzabal no falló. Su lanzamiento fue preciso, potente y perfectamente colocado. El balón terminó en el fondo de la red y España se adelantó en el marcador. 0-1. La Roja había golpeado primero.

El gol provocó un cambio inmediato en el escenario del partido. Apenas un instante después llegó la pausa de hidratación y Luis de la Fuente aprovechó para reorganizar a su equipo. Francia se encontraba, por primera vez en todo el torneo, por detrás en el marcador y tenía que afrontar una situación que no había experimentado durante su camino hacia las semifinales. Ahora los franceses estaban obligados a remontar. España, en cambio, había encontrado exactamente lo que necesitaba: confianza. La Roja comenzó a desplegar sus alas y a jugar con una libertad que hasta entonces no había podido mostrar completamente. El equipo español comenzó a mover el balón con mayor velocidad, a encontrar espacios y a obligar a Francia a correr detrás de la pelota. El golpe psicológico también fue importante, porque el conjunto de Luis de la Fuente había demostrado que podía controlar el partido incluso después de ponerse por delante.

Francia recibió además otro revés antes del descanso con la lesión de William Saliba, que tuvo que abandonar el terreno de juego para dejar su lugar a Ibrahima Konaté. Los cambios no alteraban la esencia de una España que ya había conseguido hacerse con el control del encuentro. Francia necesitaba encontrar una reacción, pero sus principales armas ofensivas apenas podían entrar en juego. Mbappé recibía lejos del área, Dembélé no encontraba espacios para acelerar y Olise estaba permanentemente vigilado. La defensa española estaba realizando un trabajo extraordinario y cada vez que Francia intentaba acercarse aparecía una pierna, una cobertura o una anticipación para cortar la acción.

El descanso llegó con ventaja española y con una sensación que iba creciendo en las gradas del estadio de Dallas. España estaba a 45 minutos de jugar una final mundialista. Pero todavía quedaba demasiado camino. Francia seguía siendo Francia. Una selección con capacidad para marcar en cualquier momento y con futbolistas capaces de cambiar un partido en una sola acción. Luis de la Fuente sabía que no podía permitir que su equipo se relajara. Había que mantener la intensidad, seguir teniendo el balón y, sobre todo, evitar que el conjunto francés pudiera correr.

La segunda mitad comenzó siguiendo el mismo guion. España mantuvo la posesión y encontró cada vez más espacios para atacar. Lamine Yamal y Alex Baena comenzaron a convertirse en una auténtica pesadilla para Lucas Digne y Jules Koundé. Cada recepción de los extremos españoles obligaba a Francia a replegarse y cada aceleración generaba dudas en la defensa de Les Bleus. En el centro del campo, Rodri, Fabián Ruiz y Dani Olmo dominaban el ritmo del encuentro. España estaba jugando como sabe. Cuando esta selección consigue mover el balón con velocidad y precisión, es capaz de convertir cualquier partido en una sinfonía. Francia corría detrás de la pelota y cada minuto que pasaba parecía aumentar la sensación de que el segundo gol estaba cada vez más cerca.

Y ese segundo golpe llegó en el minuto 58.

La jugada comenzó en los pies de Pedro Porro. El lateral español recibió, avanzó y conectó con Dani Olmo. El centrocampista interpretó rápidamente la situación y devolvió el balón al espacio. Porro había continuado su carrera y recibió de nuevo dentro de una zona peligrosa. El lateral no dudó. Levantó la cabeza y golpeó el balón con decisión hacia la portería de Mike Maignan. El disparo salió con potencia y precisión, buscando el espacio imposible para el guardameta francés. Maignan se estiró, pero no pudo evitar que el balón terminara dentro de la portería. España marcaba el segundo.

0-2.

El estadio de Dallas comenzó a teñirse de rojo.

Los olés comenzaron a escucharse desde las gradas.

España estaba bailando.

La Roja había conseguido humanizar a la bestia.

Francia, aquella selección que había llegado al Mundial rodeada de un aura de invencibilidad, aquella potencia que parecía tener respuestas para todo, aquella máquina ofensiva capaz de intimidar a cualquier rival antes incluso de que comenzara el partido, estaba contra las cuerdas. España había conseguido quitarle la máscara. Había conseguido convertir a la fiera en un equipo terrenal. Los de Luis de la Fuente habían demostrado que el talento francés podía ser controlado cuando se le privaba de espacios y que la mejor manera de enfrentarse a una selección repleta de estrellas era hacer lo que España sabe hacer mejor: tener el balón, moverlo con precisión y obligar al rival a correr detrás de él.

Con el 0-2 en el marcador, la semifinal entró en una nueva dimensión. Francia tenía que arriesgar. Ya no podía esperar. Tenía que lanzarse hacia delante y utilizar todas las armas que tenía a su disposición. Mbappé intentaba encontrar una oportunidad, Dembélé buscaba desbordar y Olise trataba de aparecer entre líneas. Pero la defensa española estaba perfectamente organizada. Cada ataque francés encontraba una respuesta. La Roja no se encerró. No renunció a su estilo. Continuó moviendo el balón y buscando la tercera oportunidad cuando el rival dejaba espacios.

Los minutos comenzaron a pasar y Francia empezó a consumir sus últimas balas. Cada intento de acercarse a la portería española era recibido por una defensa que había convertido la concentración en una virtud. Unai Simón apenas había tenido que intervenir durante buena parte del partido, pero cuando Francia buscaba desesperadamente una oportunidad, el guardameta español volvió a demostrar su seguridad. La selección francesa no encontraba la manera de superar una línea defensiva que se mantenía firme y que había entendido perfectamente cómo debía jugar una semifinal de Mundial.

La grada ya estaba celebrando antes de tiempo. Los olés se sucedían mientras España hacía circular el balón de un lado a otro. La afición había entendido que aquella noche podía convertirse en una de las más importantes de la historia reciente de la selección. Los jugadores habían puesto el fútbol. La grada había puesto el corazón. Y todo un país comenzaba a imaginar la gran final.

El tiempo se agotaba.

Francia seguía buscando un milagro.

España seguía controlando el partido.

Y finalmente llegó el pitido final.

La Roja estaba en la final del Mundial 2026.

España había derrotado a Francia por 0-2.

Había superado a una de las grandes favoritas al título.

Había ganado una final antes de la final.

Y lo había hecho con una actuación que quedará marcada para siempre en la historia de esta generación.

Mikel Oyarzabal abrió el camino desde los once metros. Pedro Porro puso el segundo y sentenció la eliminatoria. Unai Simón cerró la portería. Rodri gobernó el centro del campo. Fabián y Dani Olmo impusieron el ritmo. Lamine Yamal y Alex Baena hicieron daño desde las bandas. Y toda España volvió a demostrar que cuando juega conectada, cuando encuentra esa frecuencia en la que todo parece funcionar, es capaz de hacer temblar incluso a los gigantes más poderosos.

Francia llegó al Mundial con la intención de conquistar el mundo.

España la detuvo.

Francia tenía a Mbappé.

España tenía un equipo.

Francia tenía velocidad.

España tenía el balón.

Francia tenía una ofensiva capaz de aterrorizar a cualquier defensa.

España tuvo la inteligencia para no dejarla correr.

Y cuando terminó la batalla, la bestia había caído.

La Roja había conseguido humanizar a una Francia que parecía pertenecer a los olimpos. Había convertido a la fiera en un equipo mortal. Había demostrado que el fútbol colectivo puede superar al talento individual cuando se ejecuta con precisión, personalidad y una confianza absoluta en la propia identidad. España no necesitó cambiar su manera de jugar para derrotar a Francia. Al contrario. Necesitó ser más España que nunca.

Y ahora queda un último paso.

La final del Mundial.

El partido que todos soñaban jugar cuando comenzó el torneo.

La última batalla.

La última oportunidad.

España está a 90 minutos de volver a ser campeona del mundo.

Después de Portugal.

Después de Bélgica.

Después de Francia.

La Roja ha llegado hasta el último partido del Mundial derrotando a tres gigantes y demostrando que esta generación está preparada para escribir su propio capítulo en la historia del fútbol español. La selección que hace dos años conquistó Europa ahora tiene ante sí la posibilidad de conquistar el mundo. Aquella España que aprendió a ganar y que se acostumbró a competir vuelve a encontrarse con el partido más grande de todos.

Y lo hace con la certeza de que ya nadie puede mirar a esta selección como una sorpresa.

España es una realidad.

Es finalista mundialista.

Ha humanizado a Francia.

Ha derribado a uno de los grandes gigantes del fútbol internacional.

Y ahora solo queda una batalla.

Una última batalla para descubrir si aquella selección que hace dos años conquistó Europa es capaz de conquistar también el mundo.

El sueño está vivo.

La final espera y España ya está allí.

📋 Ficha técnica |

FICHA TÉCNICA

Mundial 2026 | Semifinales
España 2-0 Francia
Estadio: AT&T Stadium, Arlington (Dallas, Estados Unidos)
Descanso: 1-0
Goles: 1-0, Mikel Oyarzabal (22’, de penalti); 2-0, Pedro Porro (58’).

España: Unai Simón; Pedro Porro, Pau Cubarsí, Robin Le Normand, Marc Cucurella; Rodri, Fabián Ruiz; Lamine Yamal, Dani Olmo, Alex Baena; Mikel Oyarzabal.

Francia: Mike Maignan; Jules Koundé, William Saliba, Ibrahima Konaté, Lucas Digne; Aurélien Tchouaméni, Adrien Rabiot; Michael Olise, Antoine Griezmann, Ousmane Dembélé; Kylian Mbappé.

Árbitro: Pendiente de confirmación oficial.

Incidencias: Partido correspondiente a las semifinales del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá 2026, disputado en el AT&T Stadium de Arlington, en Dallas. En el minuto 22, el árbitro señaló penalti a favor de España por una acción de Lucas Digne sobre Lamine Yamal dentro del área francesa. La decisión fue revisada por el VAR y posteriormente confirmada, permitiendo a Mikel Oyarzabal adelantar a la selección española desde los once metros. Durante la primera mitad, William Saliba tuvo que abandonar el terreno de juego por lesión y fue sustituido por Ibrahima Konaté. Francia llegó al descanso sin conseguir realizar ningún remate entre los tres palos. En el minuto 58, Pedro Porro amplió la ventaja española con un disparo tras una combinación con Dani Olmo. En el tramo final, Francia se lanzó al ataque en busca de una remontada, pero la defensa española mantuvo su portería a cero y Unai Simón volvió a responder cuando fue necesario. España certificó su clasificación para la final del Mundial 2026 tras imponerse por 0-2 y se convirtió en la primera finalista del torneo.

(Fuente: FIFA)

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